El vuelo de Agripina Garreta, la mujer indígena » Al Poniente

Agripina Garreta, imaginaba que era un ave de la comunidad indígena Inga que podía cruzar el cielo del Putumayo.
Cuesta concebir la idea de que el cuerpo del hijo de Dios se puede comprimir en un pan ácimo (sin levadura) de harina de trigo con forma circular.
Los Awá era una comunidad indígena proveniente de Nariño, parecían que solo conocían la vocal “e” que combinaban con todas las otras consonantes y Agripina se sorprendió cuando escuchó la siguiente frase: “Profe nosotre somes paisas… e… le guste e uste el chontadure madure”.


Los patos salvajes siguen al líder de su parvada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido.
Proverbio chino


El sueño

La niña Agripina, en su casa, sentada en un piso de madera, sin electricidad, sin juguetes, sin más entretención que mirar el techo, las ramas de los árboles o el cielo para —desde su imaginación— recrear fantasías o leyendas de hombres que se convertían en tigres o animales que podían comunicarse desde el espíritu. Así pasaba las horas hasta que la llamaban a cenar y luego a dormir. Hasta que cierta tarde, después de formar figuras con las nubes, Agripina vio un gallinazo que cruzaba el firmamento y daba círculos en el cielo. Luego, el ave como una flecha se precipitó al vacío en línea recta cortando el aire. La acrobacia dejó a la niña perpleja, sobre todo después de que el ave volvió a recuperar altura para retornar su vuelo en círculos.

A los cinco años, recostada en el corredor de tabla, sin importarle la molestia de los mosquitos que parecían proyectiles en miniatura que impactaban en el cuerpo, Agripina Garreta, imaginaba que era un ave de la comunidad indígena Inga que podía cruzar el cielo del Putumayo; un ave que podía posarse sobre la rama de cualquier árbol y observar cómo vivían las personas de comunidades cercanas, que ella no conocía. Por consiguiente, sin pensarlo, al día siguiente, se dirigió al gallinero para recolectar plumas y construirse un par de alas con el fin de realizar su primera aventura área.

A las 4:30 de la mañana, Basilio Garreta, el papá de Agripina, con camándula en mano, despertó a la familia para rezar el rosario. Persistía en el ritual católico porque de esa forma salvaba a la familia al re-significar sus creencias. A Basilio ya no le interesaba el Dios Sol que con un soplo dorado le daba vida a las semillas o la Diosa Luna que hacía que las cosechas fueran abundantes. Aunque, conocía esas historias, prefería estar de rodillas y repetir las mismas oraciones todos los días.

A veces, Agripina olvidaba el sentido de las palabras y solo las repetía como un trabalenguas de sonoridad limitada. Pero esta característica no era solo de Basilio sino de muchos indígenas que habían renunciado a sus tradiciones de taitas y mamas del yagé para convertirse en seguidores del credo católico. De mujeres y hombres que encontraron en la evangelización cristiana otra forma de relacionarse con la espiritualidad. Ellos no siguieron el legado ancestral de hechizos contra el mal aire, rituales para escuchar a los ancestros, secretos para las picaduras de serpientes, ungüetos de hierbas para las infecciones… Y no es extraño que un indígena apostólico romano recite algunas oraciones en latín para que nadie dude de su fe; cuando sería más sensato que evocara los cantos en su dialecto indígena que le enseñaron los ancestros, donde hay más divinidad y sabiduría. Sin embargo, lo sensato dejó de ser lo importante y empezó a primar lo urgente. Y lo urgente era que las tierras del Putumayo fueran evangelizadas por colonos influenciados por franciscanos. Colonos que profesaban un dios que prohibía cualquier ritual, tradición o manifestación de la cosmovisión indígena, ya que era una ofensa a la fe, la Iglesia y los organismos gubernamentales.

Después del rosario, Laura, la madre de Agripina, como es tradición en las mujeres indígenas, se dirigía a sembrar a la chagra —lugar donde cultivaban— con sus hijos. En la chagra Agripina aprovechó un descuido de su madre. Hizo ventajosa la baja estatura para escabullirse hasta unas plataneras. Verificó que no la siguieran. Luego, con sus manitas arrancó tiras de guasca para amarrarse las plumas en los antebrazos. Durante varios minutos ajustó las plumas. Las amarró bien para que no se le desprendieran cuando estuviera volando. Posteriormente, se subió a un árbol seco que estaba diagonal a las plataneras. Se acomodó en una rama, a más de metro y medio del suelo. Acto seguido, después de mantener el equilibrio en una horqueta, empezó a mover las manos y se lanzó al vacío.

Cuando la niña despertó lo primero que escuchó fue la voz de Laura, su madre, precedida del rumor del río Caquetá que se mezclaba con el ruido blanco del radio de pilas que estaba en una tabla clavada en la pared:

“El balance del gobierno del presidente Alberto Lleras Camargo es bueno. Es el primer presidente del Frente Nacional que ha logrado la paz momentánea entre los liberales y conservadores…”.

Agripina pensó, aún con un fuerte dolor de cabeza, cómo sería el hombre que vivía dentro del radio.

La escuela 

La escuela —ubicada en la vereda Condawa en Mocoa-Putumayo— era la única construcción de concreto que había en la zona. El resto de construcciones, en tabla, estaban levantadas de la tierra con pilares para que no entraran serpientes o animales peligrosos. La parte inferior de la casa muchas veces la utilizaban como corral para las gallinas o animales domésticos que podían ser perros y hasta cerdos. Por tanto, la escuela era una novedad para la zona: contaba con un salón donde enseñaba una maestra hasta el grado tercero.

Todos los niños estaban en el mismo salón. Agripina podía ver otros niños. Para asistir a la escuela, con mucho esfuerzo, los padres le compraron un cuaderno de doble línea de hojas amarillas para que cursara primero de primaria. Pues, los cuadernos, para ese entonces, eran un privilegio. La mayoría de niños utilizaban pizarrones con tizas y debían memorizar lo que habían copiado cuando la profesora borraba el tablero. Y el niño que no memorizara se encontraba en dificultades a la hora de los exámenes. Por tanto, los que tenían cuadernos contaban con la ventaja de poder estudiar las lecciones.

Los grados se diferenciaban por filas. Una fila para niños que cursaban primero, otra para los de segundo y la última para los de tercero. Agripina, con su gran tesoro: el cuaderno de doble línea, estaba sentada en la fila de los de primero. Después de varias semanas, cuando comprendía mejor la dinámica de la escuela, creyó que si se sentaba en la fila de los niños de segundo sería una niña más grande y aprendería cosas nuevas. Pese a su motivación, la profesora la devolvió a la fila de los de primero. Fila que volvió a ocupar el año siguiente.

En tercero, después de diferenciar las letras, armar palabras y frases, de sumar y restar; la profesora introdujo el credo cristiano. Empezó a prepararlos para realizar la primera comunión y así recibir el cuerpo de Cristo. La docente expuso con detalles el ritual. Concepto complejo de asimilar, sobre todo para niños. Cuesta concebir la idea de que el cuerpo del hijo de Dios se puede comprimir en un pan ácimo (sin levadura) de harina de trigo con forma circular; además, se recibe el cuerpo de Cristo en un pedazo de pan redondo, pequeño y omnipresente. Y para evitar cualquier especulación la docente decidió ir a la acción y preparó sus alumnos para la eucaristía con rodajas de plátano maduro. Con la rodaja cortada de forma circular, con un sabor dulce, los niños debían intentar no morder el plátano que representaba la hostia que a la vez representaba el cuerpo de Cristo. De esta manera, estarían listos para recibir la verdadera hostia sin morderla, sin tragar saliva y sin mover la lengua.

Al final, todos estaban listos para la última fase que determinaba si los niños podían continuar con sus estudios. La prueba consistía en pararse frente al corregidor, la profesora y el sacerdote del pueblo para responder de memoria las preguntas que ellos, el jurado evaluador, les hicieran. Agripina fue una de las niñas más elogiadas por su memoria y capacidad de reproducir las lecciones al pie de la letra.

A los días, en medio de las luces undívagas de las mechas sostenidas en las botellas con petróleo que se iban encendiendo paulatinamente en las casas, Agripina y su padre Basilio marcharon rumbo a Mocoa. Iban a un lugar donde la niña pudiera continuar los estudios. Basilio había conseguido un cupo en el internado María Auxiliadora en el corregimiento de Santiago, hoy municipio.

Agripina y su padre caminaron un día desde Condawa hasta Mocoa. Pasaron por pantanos, rastrojos, arroyos… La caminata era exigente para Agripina, pero, si quería estudiar debía llegar hasta Mocoa. Luego, en Mocoa tomaron una chiva que rugía como un animal rabioso hasta Santiago.

La niña estuvo, gracias al buen desempeño académico, en varias instituciones hasta conseguir el título de primera indígena Inga bachiller, graduada en 1976, en la segunda promoción de bachilleres del Colegio Goretti de Mocoa.

El trabajo 

Agripina se capacitó en pedagogía en el Bajo Cauca. Antes fue docente en una escuela en la vereda Las Delicias, del municipio de Caicedo, donde trabajó sólo seis meses por inconvenientes con el sueldo.

Como pagaban cada dos o tres meses, Agripina se unió al paro de docentes en Mocoa que reclamaban por el respeto a sus derechos y por el cumplimiento de una labor digna. El paro era una causa justa y no una sublevación por capricho. Por ello, si era necesario enfrentarse cuerpo a cuerpo con la fuerza pública irían hasta las últimas consecuencias.

Los docentes, que custodiaban el palacio de la gobernación de Mocoa, protestaban a distancia. Agripina observaba. Era la primera vez que participaba en un paro y aprendía a hacer respetar sus derechos como trabajadora y a exigir —más que pedir un favor— por las garantías laborales. Con el paro, hecho que recordaría por siempre, se logró el pago de los honorarios.

Después, renunció a la escuela en la vereda Las Delicias y se trasladó a la escuela de la vereda de Buenos Aires-Mocoa. Allí, conoció a Aníbal Hernández, un joven callado, trigueño, alto y misterioso. Bastó una mirada de Aníbal para que se diera entre ambos el primer y definitivo contacto que los uniría para el resto de sus vidas.

Agripina pidió licencia en el trabajo y se escapó con Aníbal para Popayán. Ambos querían un lugar tranquilo para el nacimiento de su primer hijo (luego, nacerían los otros cinco hijos).

De regreso a Mocoa, por intermedio del padre Tamayo, consiguió trabajo con la comunidad indígena Awá en la vereda Playa Larga del municipio Villagarzón. Para ese entonces, los nombramientos indígenas estaban en gran parte del país bajo la tutela de la Iglesia.

Los Awá era una comunidad indígena proveniente de Nariño que había llegado al Putumayo en busca de tierra para el cultivo. Una comunidad extraña que hablaba el español con un vocabulario rudimentario. Además, parecían que solo conocían la vocal “e” que combinaban con todas las otras consonantes. Por ello, Agripina se sorprendió cuando en su nuevo trabajo la primera frase que escuchó fue la siguiente: “Profe nosotre somes paisas… e… le guste e uste el chontadure madure”.

Los Awá no buscaban conseguir más de lo que necesitaba para vivir. Por eso, la mayor parte del día la pasaban en hamacas durmiendo o mirando el cielo sin saber en qué día estaban o cuántos años tenían, aunque, paradójicamente, eran puntuales.

Agripina estuvo hasta 1987 con los Awá. Durante su estadía los organizó en cabildo y les enseñó a leer y a escribir.

Años después, al territorio donde habitaban comunidades como los Awá llegaron actores armados como las FARC, el ELN, Los Rastrojos y otros grupos que nacieron tras la desmovilización de las AUC en 2005. Desde entonces, fueron sometidos a toda clase de crímenes. Por consiguiente, en el 2012, se presentó un informe en Barcelona, España, con el fin de que las autoridades internacionales ayudaran a evitar que el pueblo Awá fuera exterminado por el conflicto armado. Además, varias empresas entraron a estos territorios a realizar explotación aurífera y no consultaron a las autoridades indígenas.

Otro factor que afrontan estas comunidades son los cultivos de coca que provocan la deforestación acelerada y el insumo de químicos, abonos, fungicidas e insecticidas que contaminan y degradan la biodiversidad. También, las comunidades indígenas prefieren los cultivos de coca porque son más rentables.

Más tarde, en abril de 2016, la Unidad de Víctimas y el antiguo INCODER asignaron un predio de 239 hectáreas en la vereda La Paz, en Villagarzón (Putumayo), con el fin de restablecer los derechos territoriales a los pueblos indígenas desplazados por el conflicto armado. Sin embargo, no hubo una reparación integral colectiva. Para los indígenas el Estado los olvidó ya que no los ayudó en la adecuación de servicios básicos como agua potable y luz. Tampoco estuvo el Estado en la construcción de sus viviendas.

Hay 15 pueblos indígenas registrados en el departamento del Putumayo según la Organización Zonal Indígena del Putumayo (OZIP). Siete pueblos de la zona: Inga, Kamentsá, Siona, Kichwa, Coreguaje, Murui y Kofan. Los otros ocho pueblos llegaron desplazados: Nasa, Awá, Yanakona, Quillasinga, Pasto, Embera Chamí y Pijao.

Agripina estuvo un corto tiempo en Guayuyaco antes entrar a la Escuela Bilingüe Inga Kamesa de Mocoa que, después de la reorganización del cabildo Inga-Kamtsa en 1986, buscaba el rescate de la identidad Inga.

En los inicios la escuela empezó con un aula múltiple y 14 alumnos bajo la dirección de Agripina Garreta. Luego, esta institución, que se construyó peldaño a peldaño, hasta la jubilación de Agripina, se convirtió en un espacio donde los indígenas cuentan como indígenas. Es quizás, por ello, que el centro educativo es un modelo en la zona. 

Mocoa 

Mocoa es una ciudad pequeña con toda la arquitectura de un pueblo grande. Una ciudad golpeada por la fiebre de la coca. Sobre todo, Mocoa es una ciudad de motos.

Agripina volvió a la tierra de sus ancestros —Ingas— y se estableció con su familia. Los Ingas son descendientes de los Incas de Perú. En la época de Kapak Yupanqui (1230 al 1250), la tribu Mitimak (Ingas) era considerada una de las tribus más valientes. Tanto que en lengua quechua Mitimak significa (Mitikuy) irse y (Makay) pelear. Pasaron por Quito y por otros pueblos indígenas como Collas, Quillacingas y Pastos. Llegaron al Valle del Sibundoy. Cruzaron los ríos Coca y Aguarico, pertenecientes al territorio de las tribus Kafanes y Quijos. Luego, se establecieron en el Putumayo donde resguardaron las fronteras en el bajo y medio Putumayo, en el oriente de Nariño, la Bota Caucana y en el sur del Caquetá. Después, se organizaron en Mocoa, fundada en 1562 por don Pedro de Agreda, general de la provincia de Popayán.

Agripina encaró en Mocoa dos hechos que todavía la requerían como líder de la comunidad.

El primero: la fiebre de las pirámides (DMG y DRF). Sobre todo, DMG que en 2007 tenía oficinas en las ciudades capitales, como Mocoa. Entonces la gente creyó que esta empresa era la multiplicación de los billetes e invirtieron el patrimonio. Sin embargo, en el 2008, se decretó Estado de Emergencia Social y en noviembre de ese mismo año capturan a David Murcia, el creador de DMG. Murcia fue condenado a 22 años de prisión y en enero del 2010 lo extraditan a Estados Unidos. Así lo vieron irse las más de 187.000 víctimas. Entre esas víctimas había padres de familia y docentes de la Escuela Bilingüe Inga Kamesa. Muchos, incluyendo a los docentes, sobrevivieron con 150 mil pesos mensuales. Los sueldos estaban embargados por los bancos. Cuando meses antes, para acceder a un préstamo bancario, el requisito era una copia del contrato laboral y de la cédula de ciudadanía. A los dos días estaba el dinero en las manos. Agripina acompañó desde la escuela.

El otro episodio, ya jubilada, fue la avalancha ocurrida el 31 de marzo del 2017, producto del desbordamiento de los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco y las quebradas Taruca y Taruquita. Este evento dejó un saldo de 335 personas muertas, 400 heridas y cerca de 22 mil damnificados. Además, quedaron 17 barrios del municipio afectados. Ante tal evento, Agripina, al conocer a muchas de los damnificados, ya fueran alumnos, hijos de los alumnos, amigos, padres de familia, docentes; los acompañó como pudo.

Después de la tragedia en Mocoa los avances de reconstrucción son lentos. Se han realizado obras como la construcción de un puente vehicular sobre el río Mulato, a la altura de la avenida 17 de Julio, y otro puente en el río Sangoyaco en el sector de la Avenida Colombia. También, se hicieron la construcción de viviendas, en el proyecto Villa Aurora, entre otras obras.

Sin embargo, el panorama es desolador. En agosto del 2022 la Contraloría General de la Nación hizo el hallazgo sobre el proyecto de Vivienda Sauces II de Mocoa, que comprende 909 viviendas unifamiliares. No obstante, hasta la fecha no se ha entregado ninguna. El informe de la Contraloría dice: “La anterior situación generó pagos adicionales por concepto de subsidios de arriendo a los beneficiarios por un valor superior a los 5.748 millones de pesos ($5.748.316.667), correspondiente al desembolso de 8.146 apoyos en el periodo comprendido del 6 de septiembre de 2019 (fecha prevista inicialmente para la terminación del proyecto) al 19 de marzo de 2022. Y esta es la suma cuantificada como presunto hallazgo fiscal”. Del mismo modo, en cuanto a la construcción del Hospital José María Hernández de Mocoa, la Contraloría constituyó 13 hallazgos con incidencias administrativas y presunto alcance disciplinario, que serán trasladados a la Procuraduría General de la Nación. De estos hallazgos, 3 tienen solicitud de inicio de indagación preliminar y 1 alcance fiscal por más de 272 millones.

Aun así, Agripina sigue imaginando que agita los brazos y levanta sus 1,45 metros de estatura entre los escombros y las agrietadas calles de Mocoa con el fin ver mejor desde arriba una ciudad en reconstrucción.


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