Cubanas migrantes (III): la historia de Alina

La mujer del desierto, como el viento

sopla, hace dunas, lomas.

Gloria Anzaldúa

“Mi nombre es Alina. Soy madre, mujer, negra, migrante nacida en Cuba. Abogada, militante feminista y antirracista […] ahora escribidora. Mis ancestras me han puesto en el cuerpo muchas historias que nos cuentan. He reconocido estos pedazos que me componen y se descomponen habitando a tantas otras mujeres. Tejo palabras para tender redes. Empaño mi espejo para dejar mensajes. Eso intento. Al menos.”

Alina Herrera Fuentes transita por todas esas identidades; y en ellas su existencia se hilvana con la de sus ancestras, aunque sabe perfectamente cómo entrar y cómo salir; sabe donde se encuentra Alina en medio de todas las ropas que viste. Vino a este tiempo con la misión de nombrar cosas urgentes, y me atrevo a decir que es una de las voces jóvenes más lúcidas en el debate público cubano transnacional. Todo lo que escribe se sostiene por su propio peso; al mismo tiempo y precisamente por la fuerza de su pluma, nada de lo que escribe puedo dejarlo para después. Si Alina dice, la escuchamos, la leemos.

Hace 10 años dejó su trabajo y su vida en Cuba para irse a México a reencontrar el amor. Con la migración ha aprendido a habitar los márgenes y en ese espacio fronterizo se presenta y existe, mientras cuida de su altar de la manera que puede, honra su ancestralidad religiosa afrocubana, pero también se entrega sin miedo a la riqueza de la espiritualidad mexicana. Allá materna a su hijo, al que decidió parir en Cuba por más de una razón, entre ellas: por el hecho de ser la Isla el lugar donde permanece la mayor parte de los afectos que la nutren. De su proceso migratorio, esto me contó: 

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Yo no pensaba emigrar. Me enamoré de mi actual compañero y luego de mantener la relación a distancia por dos años llegó un momento en que estar lejos y vernos esporádicamente se volvió inviable para nosotros; en ese momento me empecé a plantear la posibilidad de venir a México, donde él vivía. Mi primer intento fue el de pedir una visa de turismo en la embajada mexicana, que me negaron. Como en Cuba yo me sentía bien y realizada profesionalmente mi primera idea fue la de ir y conocer, probar primero sin muchas presiones para saber si aquel sería un buen lugar para mí o no, porque pensaba que la emigración era una decisión que representaría para mí un desarraigo fuerte; migrar es una experiencia que te atraviesa en muchas dimensiones y en la cual se gana mucho, es cierto, pero también se pierde y yo estaba consciente de eso.

Entonces ir de turismo era mi idea para lograr equilibrar esa balanza entre lo que ganaría y lo que perdería, o entender al menos cómo sería la experiencia para mí, inclusive en el ámbito de la pareja porque aquel sería un período de prueba perfecto para entender cómo me sentiría estando en esa tierra, pero también conviviendo en el día a día con mi compañero. Pero no logré pasar por esa experiencia porque, como decía antes, me negaron la visa. ¿Por qué? Pues por toda una serie de prejuicios y de tabúes, y también de restricciones políticas; sabemos que México tiene frontera terrestre con Estados Unidos y que es un lugar de pasaje para mucha gente, además de que es innegable que en los consulados hay más desconfianza con las mujeres racializadas, que es mi caso. Entonces muchas cosas jugaron en mi contra. Estamos hablando del año 2011, época en la que todavía no existía la libre movilidad para ciudadanos cubanos, por lo cual para solicitar visa de turismo a México debí pedir carta de invitación de quien se responsabilizaría por mí en el exterior. Ese, más todos los documentos que el consulado requería para otorgamiento de la visa yo los entregué cumpliendo todas las exigencias, pero la respuesta fue negativa. Después de ese “no” me movilicé para buscar un contrato de trabajo, que ya representaba otro tipo de compromiso y que tenía un peso mucho mayor que el que representaría ir apenas como turista, porque cuando haces una movilidad laboral aterrizas y ya tienes que ponerte las pilas para trabajar, para adaptarte a las dinámicas cotidianas del país, que en mi caso se trataba de un territorio considerado “del Tercer mundo”, con una dinámica cultural, laboral y contractual distinta a la que yo estaba acostumbrada en Cuba, donde hasta entonces había actuado en la rama del derecho como fiscal. Ese es el momento en que empieza a cambiarme la idea del viaje: ya no iba a evaluar un territorio ni una sociedad, iba dispuesta a trabajar y a asentarme allí. Así fue como llegué a la Ciudad de México: por amor y por trabajo.

¿Cómo fue la llegada a México?

Cuando llegué el cambio fue muy brusco. Este es un país, digamos, no tan inocuo socialmente para las mujeres en términos de violencia de género y de seguridad; cosas que para quien viene de un contexto como el de Cuba son muy aterradoras.

Recuerdo que lo primero que me dijeron mis amistades —mujeres— cuando llegué fue que no saliera sola después de las nueve de la noche, que no me moviera en metro con ropa ajustada, que si cero minishorts, o escotes, o taxis…eran toda una serie de códigos para moverme en la ciudad que debí aprender por fuerza. Mi bienvenida acá, si tuviera que resumirla, fue: “viniste a una zona de guerra por ser extranjera, mujer y racializada”.

Por un lado, yo llamaba mucho la atención porque donde vivía, que era un barrio bastante multicultural y bohemio en la Ciudad de México, no circulaban muchas personas afrodescendientes, entonces a veces las personas me hablaban en inglés pensando que era estadounidense, o en portugués, pensando que era brasileña; casi nunca se planteaban que podría ser cubana, cosa que cambiaba bastante en el espacio laboral, donde mis colegas sí sabían de dónde era y creo que eso contribuyó bastante para que sufriera experiencias de acoso en ese contexto laboral.

Ahí fue donde descubrí un estigma muy feo, que es que a las mujeres cubanas se nos tiene como “fáciles” y dispuestas a prostituirnos o a entregarnos “en bandeja”. Y eso es algo que, en mi caso, no disocio de la variable racial, porque cuando entrecruzas que soy joven y negra, la experiencia de ser mujer en otro país toma un camino particular. Entonces, por un lado, en la vida social y pública era gracioso y a veces hasta halagador que mi identidad despertara tanta curiosidad y tantas miradas; por otro, en otros ámbitos como el laboral era muy incómodo porque me ponía siempre en estado de alerta. Me acosaron dos veces en mi centro de trabajo pero en ninguna de ellas di tiempo a que se volviera algo peor; reaccioné rápido porque me sentía fuerte y también porque sentí el apoyo de mi jefa, que era brillante y que era también mi amiga y es actualmente como la madrina de mi hijo. Y no es que en Cuba no exista el acoso, sí que existe y es tan real como en México, pero al menos yo no había tenido nunca una experiencia de ese tipo en mi lugar de trabajo hasta emigrar.

El tema racial no solo me lo sentí en el ambiente laboral, sino también en mi trabajo como activista. Me pasó que en dos grupos feministas distintos a los que fui voluntaria estando acá sufrí exclusión por ser negra y extranjera, a pesar de que estaba entre mujeres que, como yo, también eran racializadas, de origen indígena. Ese era un espacio en el que esperaba sentirme cobijada por mis compañeras y no fue así que sucedió. De alguna manera en las reuniones que hacíamos siempre salía el tema de mi condición de extranjera y de extraña, hasta que, movida por la fuerza de la incomodidad que aquello representaba, me retiré voluntariamente de uno de esos grupos. En otro, en el cual trabajé ofreciendo acompañamiento a víctimas de violencia de género llegaron a sacarme básicamente por prejuicios raciales. A la jefa de ese grupo le habían hablado de una abogada cubana, yo, que podía colaborar ofreciendo apoyo a las víctimas que ese grupo acompañaba, pero resulta que cuando me le presenté delante lo primero que hizo, a esa altura todavía sin saber que yo era “la abogada”, fue preguntarme: “y tú quién eres y qué estás haciendo aquí?”. Cuando le expliqué quién era se “disculpó”, diciéndome que había pensado que yo era “cualquier otra cosa”. Si ella ni siquiera me conocía, ¿qué otra cosa sino mi raza y la manera como luzco físicamente la llevaría a pensar que podía ser cualquier cosa menos la abogada que se estaba ofreciendo como voluntaria para ayudarlas? Dice la antropóloga Rita Segato que la raza es una de las primeras marcas que uno trae en el cuerpo y lo viví en mi propia piel. Después de aquello, obvio que me integraron en la primera reunión, pero poco a poco me fueron desplazando hasta que me sacaron del grupo; aquel era un colectivo que levantaba la bandera de un feminismo bastante blanco y liberal. Ya en el grupo en el que milito ahora ha sido todo lo contrario, creo que porque se trata de personas realmente comprometidas con la transformación política y cultural, ahí siento que hacen un trabajo mucho más maduro.

¿Cómo ha sido tu trayectoria de inserción laboral en México?

El vínculo laboral siendo migrante es bien complicado, porque muchas veces evitan contratarte con todas las de la ley, entonces mi proceso laboral aquí no ha sido tan lineal; de hecho, ha tenido muchos altibajos. De mi primer trabajo me fui porque presencié el secuestro de uno de mis colegas y aquello me marcó mucho. Después seguí trabajando vía remota, incluso lo hacía antes de la pandemia, y como tenía flexibilidad de horarios y siempre he sido una persona inquieta políticamente fui buscando llenar ese otro lado mío que también es espiritual, al menos yo lo veo así. Tuve idas y venidas, hice búsquedas que no terminaron en nada, hasta que llegué a la vida académica ya después de haberme estrenado como madre. En esa época muchas amigas me impulsaron a buscar una formación más solida más allá de mi trabajo como activista, que en ese momento no estaba tan integrado a la vida política formal, y también a abrir mi blog, “Lo personal es político”. Así es que me decido a hacer mi primer diplomado internacional en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Después me decidí a hacer la maestría en “Género, Políticas y Sociedad” en FLACSO, Argentina. La estoy pagando con mi propio salario, lo cual es un esfuerzo descomunal, pero decidí invertir en ella por mi cuenta, entre otros motivos, porque por ser migrante, por mi edad y porque mi área de interés no cuenta con muchas fuentes de financiamiento acá no tendría cómo acceder a un programa de becas. También influyó en mi elección el hecho de ser mamá de un niño con Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), que tiene consultas periódicas y necesita mi atención redoblada, y eso me obligaba a buscar algo virtual (la maestría que curso es virtual), aunque no por eso menos riguroso en términos curriculares. Es una maestría cara, no lo niego, pero trabajo como loca para pagarla. Como la vida es como es, cuando finalmente me decidí por el curso e hice la inscripción me quedé sin trabajo, en plena pandemia de la COVID-19, y en esa época tuve que mudarme a territorio maya, lo cual fue también otro proceso migratorio para mí, otra adaptación. Pero bueno, di el primer paso y el resto se fue resolviendo con el tiempo. Con la ayuda de dos amigas conseguí varios trabajos temporales, por encargo, y eso me ayudó a ir sorteando los primeros meses de la maestría hasta que conseguí un trabajo fijo y al fin pude pagar la última cuota. Ahora trabajo como investigadora en el Instituto Nacional de Formación política aquí en México, en el área de feminismos, así que estoy, como dicen aquí, en mi “mero mole”.

Ya para ejercer como abogada me ayudó mucho el haber venido con el título legalizado. Pero para ser abogada litigante tendría que revalidar el título, aunque después de la experiencia del secuestro a mi colega no pienso litigar acá. Me he mantenido activa en otras ramas del derecho donde no hace falta esa licencia para litigios, como son el derecho corporativo, el derecho mercantil, el derecho civil, el derecho para trámites migratorios, etc.

¿Cómo, cuándo y por qué en tu trayectoria migratoria sientes la necesidad de traer al mundo Lo Personal es Político?

Tenía una amiga que me motivaba mucho a abrir un blog y siempre me cuestionaba el por qué lo haría. No sabía cómo haría para nutrir un espacio así, aunque siempre he tenido el deseo de escribir. En aquella época tenía otra amiga diseñadora que vivía en Suiza y le pedí un trueque: si ella me hacía el logo del blog yo le daría la primicia en el espacio de entrevistas. Ella aceptó y así lo hicimos así que abrí el blog y empecé a escribir. En ese tiempo viajé a Cuba y conversando con mi hermana y con una amiga un día nos planteamos que necesitábamos un espacio donde pudiéramos conversar e intercambiar ideas como mujeres y entre mujeres, no desde el feminismo porque en aquel entonces esa palabra era casi un tabú y generaba bastante rechazo, pero sí queríamos hablar de los problemas que nos aquejaban como mujeres y como cubanas. Yo en Cuba tengo una casa de renta pequeñita que bauticé como “La Realidad” y es como un espacio cultural también, que se propone mostrar la realidad cultural cubana. Como sería allí donde nos reuniríamos el proyecto pasó a llamarse “Mujeres en La Realidad”. Empezamos y tuvimos en total unos cinco encuentros, de los cuales estuve en dos presencialmente, y que terminaron cuando empezó la pandemia por motivos obvios. Los encuentros los coordinaban mi hermana y su amiga, que estaban en Cuba, mientras que yo participaba desde mi blog: si un día el tema era la menopausia, por ejemplo, yo trataba de hacer una breve reseña en mi blog sobre ese asunto, levantaba información sobre lo que se discutía fuera de Cuba al respecto y esa reseña se leía en el encuentro presencial para que a partir de ahí las chicas sacaran sus conclusiones, hablaran de sus experiencias, etc. Muchas mujeres revelaron allí experiencias traumáticas, compartieron sus vivencias; allí también reímos, nos abrazamos y sanamos juntas.

Alina (izquierda) durante uno de los encuentros presenciales de “Mujeres en La Realidad”, Habana, Cuba (2019). Foto: cortesía de la entrevistada.

Cuando los encuentros terminaron seguí escribiendo en el blog, volcando mis preocupaciones hacia allí, por eso el nombre “Lo Personal es Político”, porque me di cuenta de que a todas nos atraviesan experiencias en común a pesar de nuestras pluralidades, subjetividades y experiencias de vida. Somos espejos, aunque cada una le de a su vida un reflejo diferente; nuestras realidades se comunican por vasos conductores muy potentes. La historia de una cuenta la de muchas, y ver las historias de muchas, tanto en Cuba, como en México o Argentina, donde tengo amigas militantes que me nutren también, fue lo que me movilizó a escribir en el blog.

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Mar del Plata, Argentina. Foto: cortesía de la entrevistada.

¿Cómo vives tu espiritualidad y tu vínculo con la religión yoruba después de emigrar? ¿Esa experiencia ha cambiado para ti desde que estás fuera de Cuba?

En estos diez años que llevo fuera de Cuba donde más tiempo he pasado fue en un pueblo donde no tenía cerca a ninguna persona practicante de mi religión. Entonces mi práctica la he llevado a título personal, sola. No obstante, en este lugar donde vivo ahora he encontrado a otros cubanos que practican la religión yoruba y recién los estoy conociendo justamente porque después de mudarme para acá empecé a buscar las cosas que me hacían falta para practicar la religión, en tiendas de artículos religiosos y tal, y en esa búsqueda encontré gente humanamente muy linda, de diferentes provincias de Cuba, pero todavía no hemos hecho ningún trabajo en conjunto. Lo cierto es que ahora, sabiendo que ellos están aquí, me siento menos sola que antes. Desde Cuba siempre he contado con el apoyo de mis madrinas, de mis padrinos, de mi mamá, de la gente que me cuida mucho a distancia y están siempre muy pendientes de mí, pero es bueno tener a alguien cerca que me pueda ayudar si surgiera alguna emergencia, si de repente necesitara comprar algo para un trabajo urgente.

Por otro lado, siento que además de mis rituales afrocubanos estoy embebida de la espiritualidad mexicana, de sus ritos y de su cosmovisión. Cuando llegué y descubrí toda la multidimensionalidad de la cosmovisión mexica, maya, azteca y náhuatl me pareció fascinante. Me encantaron las “doñitas”, que te cuentan a través de su oralidad cuán maravillosa y profunda es la cosmovisión indígena acá. Es algo que cuando te cuentan la historia de América y de México en Cuba ni te acercan siquiera. Entonces poder convivir con esa espiritualidad tan linda y tan ancestral es un alimento que abracé desde que llegué, y que de alguna forma nutre mi manera de relacionarme con el mundo, con la vida y con la naturaleza más allá de la cosmovisión yoruba que ya traía incorporada cuando llegué a México.

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Incorporando a La Catrina por el Día de los Muertos en México. Foto: cortesía de la entrevistada.

En medio de todo eso practico también mi religión ancestral: la yoruba. Aunque no diría que mis prácticas religiosas se mezclan con lo que he aprendido acá en México, sí hay momentos en que veo que aparece una fusión fuerte en mis prácticas. En el Día de los Muertos, por ejemplo, le hago ofrendas a Eggun. He hecho en varias ocasiones mi servicio a Eggun y al mismo tiempo he puesto al lado mi altar del Día de los Muertos, ¿por qué no?, si yo tengo mis egguns y mis muertos, ¿por qué no honrarlos juntos?

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Su altar en el Día de los Muertos. Foto: cortesía de la entrevistada.
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Su altar en el Día de los Muertos. Foto: cortesía de la entrevistada.

¿Decidiste tener a tu hijo en Cuba?

Sí, primero porque allá está mi familia. Segundo, porque no tenía sentido hacer todo el proceso de la maternidad aquí siendo ambos, mi compañero y yo, migrantes. Por eso, cuando salimos embarazados decidimos hacerlo todo en Cuba y dar a luz allá, donde además tengo una hermana médica que le dio seguimiento a todo el proceso. Fue lindo, estaba junto a mi “manada”, a pesar de todos los reajustes que la maternidad implica, a pesar también de toda la violencia obstétrica que sufrí, disfruté mucho tener a mi familia cerca.

En aquel momento mi compañero también estaba conmigo allá y ambos nos sentíamos con un respaldo muy fuerte de mi familia, por eso a los cinco meses de nacido el niño, cuando decidimos volver a México, fue que conocimos la soledad de la crianza de un hijo siendo ambos migrantes. En casa somos él y yo, a full los dos, a la par, dividiendo las tareas del hogar, y aún así no es suficiente. Los sustos los pasamos solos, las fiebres, las caídas, las situaciones difíciles. Aunque la familia se haga presente mediante llamadas y demás, no es igual.

En el lugar donde yo vivía entonces no había tampoco una comunidad de cubanos o de argentinos; eso solo logramos tenerlo cuando el niño ya era grande y nos hicimos de una red de personas que se apoyaba mutuamente: yo cuidaba los hijos e hijas de mis amigues y ellos al mío. Eso fue importante para amenizar la crianza de nuestro hijo siendo ambos extranjeros acá.

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En Mar del Plata con su pequeño Marcos. Foto: cortesía de la entrevistada.

¿Cómo está presente Cuba en tu día a día? ¿Dónde está tu casa hoy?

Cuba está presente siempre para mí y no le hago resistencia. No hay una única forma de emigrar ni de vivir la experiencia migratoria, como tampoco hay una forma de sentir Cuba ni un método para olvidarte de ella. Además, no va a suceder. Por eso Cuba está en mi día a día, en todo: en las noticias, en mi manera de pensar el mundo y mi realidad de acá cuando la comparo con lo bueno y con lo malo que tiene Cuba. Siempre hay esa ósmosis de pensamiento y de reflexiones porque llega un momento en que las fronteras se te van disipando, ahí están, como cultura, como formación, separadas, pero a la hora de pensar el mundo y la vida se vuelven difusas y porosas en tu cabeza, van y vienen.

Cuando voy a Cuba pienso: estoy en casa. Pero cuando regreso acá, donde vivo, siento lo mismo. La casa está donde están las personas que amas y consideras parte de tu vida. La casa es el otro, tu vínculo, tus afectos más duros y más bonitos. Ahí está la casa: donde están también esas almitas que palpitan en la tuya.

Cubanas migrantes (III): la historia de Alina